Capítulo 3, Parte 4 – ¿Hace un porrillo?

Me fui a la hora de comer al Parque de Breogán, al lado de la plaza de Ventas. Me tomé antes una hamburguesa en el Burger King que había enfrente, y después me marché a visitar a mis futuros nuevos amigos.

Comencé a escuchar de fondo música de Día Sexto, y seguí la canción. Al final, entré dentro de un parquecillo escondido tras el muro que había donde unas canchas de fútbol. Al cerrar la puerta desde dentro, vi de fondo a mi víctima principal: Felipe.

Tenía un cigarrillo entre los dientes, y se lo estaba encendiendo mientras fruncía el ceño. Estaba rodeado de… como decirlo… canis. Yo no me consideraba un macarra, pero sí que sabía moverme entre ellos. Así que estaría chupado.

—Hola –dije cuando me acerqué a ellos—. ¿Tenéis uno de sobra?

Felipe miró su cigarro. Comenzó a reírse, y pude así contemplar sus rojizos ojos señalándome. Más que Día Sexto, debería de estar escuchando Nirvana. Estaba más que fumado.

—¿Hace un porrillo?

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Un momento… ¿Porrillo? Pensé que era tabaco, nunca me había fumado un porro, cosa que poca gente se creería. Y aunque siempre había querido probar uno… ¿Quería que mi primera vez fuese con esos niñatos? Dios, allá va…

—¡Claro!

Me lo comencé a fumar. Tosí sin querer, y todos los chicos se rieron. Yo intenté seguirles el juego.

—Sabe genial.

—¿Qué te creías, chaval? –Felipe se acomodó en su sitio—. Yo sólo compro mierda de la buena. Bueno, “chico refresco”, cuéntanos –genial, me llamaban todos así—. ¿Qué hacías esta mañana en el Zara con nuestra Emmita?

—¿Os lo ha contado?

—No, te ha visto este –señaló a uno de los suyos, el único, aparte de Felipe, que no llevaba pantalones de chándal—. Acompañaba a su madre a nosequé gilipolleces.

—Si no voy con ella, me deja sin blanca, tío.

—Pobres ricachones, sus problemas sí que tienen drama… —comenté en voz alta como si hablase para mí mismo. Lo dije de broma, y así lo entendió Felipe.

—Eh, que ahora tú eres uno de los nuestros.

—¿Te refieres a un Golden boy de esos? –quise intentar colársela. Pero Felipe miró a sus amigos y comenzaron a descojonarse en mi jeta.

—Venga, ni estos son dorados. Y llevan conmigo desde primero. Es mejor tener otra vida alejada de Guille, porque si tienes movidas con él, te arrebatará la que conozca.

—En realidad –comentó el otro chico sin chándal de antes— te la arrebatará aunque no vaya con él. Nadie sabe cómo coño consigue esos contactos, pero hace lo que quiere.

—¿Y por qué le seguís el rollo? A lo mejor dejarle solo sería la solución, no podría él contra todos, ¿no?

Hice que Felipe se levantase de su sitio, a pesar de lo colocado que iba. Se puso a centímetros de mi cara.

—Haremos como que no has dicho eso porque eres nuevo y se nota que lo flipas. Pero ten cuidado con lo que dices de mi amigo, porque si llegase a sus oídos esa propuesta de acabar con él que acabas de plantear, él mismo haría que te quisieses coser la boca.

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Tragué saliva. Para qué mentir, me acababa de acojonar. Pero después de quedarse mirándome unos cuantos segundos, comenzó a partirse de risa una vez más.

—Tienes una naricilla muy pequeña.

—Pues es lo único pequeño que tengo, chaval.

Todos empezamos a llorar casi de risa, menudo colocón estaba comenzando a tener.

-¿Y dónde está hoy vuestro queridísimo Supremo?

-En las finales de waterpolo…

—¡Eh! –Claudia apareció minutos después de un lado del parque—. ¡El “chico refresco”! ¿Qué tal?

—Mucho mejor ahora, preciosa… –dije mientras la miraba de arriba abajo con aires provocativos. Me estaba volviendo un poco putillo, sería por algún efecto que la maría hacía sobre mí. Aunque ella se sonrojó.

Dejó su bolso al lado de unas escaleras –si hubiese hecho eso por mi zona de Vallecas, ya se hubiese quedado sin Bimba & Lola— y vino hacia mí. Comenzó a acariciarme el pecho. Me sonreía bastante, incluso me guiñó un ojo.

—He oído que vienes de Vallecas. ¿Eras un chico malo?

Definitivamente, los pijos estos tenían una imagen horrible de nosotros. La mayoría era gente honrada, mucho más que la de aquí. Se las daban siempre de listos, pero no tenían ni idea. Aun así, aproveché su ignorancia.

—Sí, un malote y de los peligrosos –me giré al resto—. Así que cuidao, chavales.

—Mmm… —Claudia se lamió los labios. El iPod desde el que sonaba la música cambió a He Wasn´t, de Avril Lavigne. Mientras la chica se acercaba cada vez más a mí, noté como Felipe se mantenía todo lo serio que podía. Algo iba mal—. Oye, hay un huequecito detrás de esos arbustos. ¿Qué tal si me hablas de ti mientras…?

—¿Mientras qué?

Eso no lo dije yo. Claudia se giró y detrás de ella se encontraba Izan, el capullo que me arrojó el refresco encima, el que hizo que me apodaran así. Todos se quedaron callados, y la chica la que más. Pero entonces lo entendí todo cuando ella dijo:

—Izan, cari…

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Escrito por

Nacido en el Madrid de 1998. Amante del cine, los libros y su ciudad. Nada como la buena música, la elegancia y vivir la vida siempre siendo uno mismo. Instagram: drigopaniagua. YouTube: Rodrigo Paniagua

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