Capítulo 4, Parte 4 – La carrera por Gran Vía

Los tres chicos y yo comenzamos tranquilamente andando por la calle al unísono. Había tanta tensión que hasta yo estaba nervioso. Y de pronto, antes de llegar al parque de El Retiro, el chico morenote de ojos verdes salió disparado por mitad de la calle, dejándonos al otro y a mí solos a merced del fracaso.

—Ese chico va a perder –dijo el rubito—, no me da miedo.

—¿Y eso?

—Porque de no ser por Izan, y luego Emma, yo ya sería un Golden boy de pura cepa.

—Pues me da que Víctor nos lleva bastante ventaja.

—Para empezar, yo soy Víctor. El mierdecitas con pocas aspiraciones que está corriendo como una nena del fondo es Joaquín. Y aunque él crea que nos lleva ventaja, correr no le servirá de nada.

—¿Y a ti andar sí?

—Verás –dijo riéndose—, hay algo que os diferencia a ti y a J de mí, desde metros de distancia.

—¿Ah, sí? Me gustaría saber qué es.

—Pues muy fácil –Víctor se giró rápidamente y me estampó contra el suelo de una zancadilla—. Yo no pienso perder, capullo.

Salió corriendo persiguiendo a Joaquín, pero yo no pensaba quedarme ahí viendo cómo se cebaban con el nuevo, y mi plan, por lo que parecía, estaba a punto de llegar.

A los cinco minutos de espera, me subí al Mercedes negro de mi tía, aparcado en doble fila, en el que Jaime me dio los buenas días de nuevo.

—¿Adónde le llevo, señor?

—Al Dunkin Donuts de Gran Vía, al lado de Plaza de España.

—De acuerdo.

—Y date prisa, por favor. Estoy “de prueba”.

—¿Los dorados, señor?

—Sí –contesté sorprendido mientras sonaba Are You Gonna Be My Girl en la radio—, ¿cómo lo sabes?

—Que me mandase un mensaje hace siete minutos escasos, a principios del recreo, me hizo pensar en que se trataría del Señorito Alcázar.

—Sí, ese engendro del mal… Menudo bicho anda suelto por aquí…

No me contestó por respeto, y porque supongo que no querría meterse en ningún lío. A los pocos minutos de viaje, conseguí llegar a la pequeña cafetería, consiguiendo que Jaime aceptase esperarme en doble fila durante unos segundos. Era muy chungo eso de aparcar en aquella calle…

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Antes de llegar, pude ver cómo Joaquín ya volvía con su batido, y de pronto, cómo Víctor aparecía a sus espaldas y le pegaba un puñetazo mientras le arrebataba el refresco de sus manos. Di un respingo de la impresión. ¿De verdad acababa de hacer eso, y en mitad de la calle? Había gente fatal de la cabeza por aquí, pero tampoco le miraba mucha gente, porque Víctor no parecía apenas un delincuente. Con el uniforme que teníamos que llevar, aunque diese asco, parecíamos personas de mayor categoría.

Salí casi volando del coche y me adentré en la cafetería, donde me colé delante de dos personas y le exigí rápidamente el maldito frappuccino de chocolate sin nata de Guille. Los de atrás me empezaron a gritar ofendidos, y el dependiente tampoco parecía contento con mi comportamiento.

—¡Tengo prisa, lo siento! Por favor, dese prisa…

El hombre tuvo piedad, y me lo hizo rápido. Le pagué con un billete de cinco y le regalé las vueltas, mientras que volví a entrar a toda pastilla dentro del vehículo. Por desgracia, nos tocaron unos cuantos semáforos en rojo y yo ya me estaba poniendo de los nervios.

Gran V’a

En cuanto ya casi llegamos a la Plaza de Colón de nuevo, le dije que aparcase al lado y le di las gracias, mientras que cerraba la puerta con fuerza y me disponía a llegar al banco en el que seguían sentados, todos esperando.

Pensé que ya lo tenía todo ganado, con que me puse a andar con toda tranquilidad por lo que quedaba de calle, y de pronto vi cómo el transeúnte que iba caminando a mi lado era el asqueroso rubito. Los dos nos miramos, nos acojonamos, y comenzamos a correr de nuevo. En el último paso de cebra, él cruzó justo cuando el semáforo pasó de ámbar a rojo, y aunque casi le atropellan, consiguió pasar. Yo le di cabreado una patada al cubo de basura que había a mi lado, y mientras intentaba respirar y ver cómo Víctor le ofrecía su batido (el de Joaquín) a G, de pronto contemplé cómo este se lo tiraba al suelo con desprecio. Después, a Víctor la apareció un semblante iracundo y se marchó de nuevo para el instituto.

El semáforo se puso en verde y yo ya fui andando relajado a ofrecerle mi frappuccino al Supremo. Me lo cogió y le dio un buen sorbo. Le gustaba.

—Rico, ¿eh? –le dije con sarcasmo.

—Sí.

—¿Por qué has rechazado el de Víctor?

—El suyo llevaba nata. Menudo inútil.

No pude evitar reírme, y parecía estar contagiándoselo a los que ya caía bien del grupo. Guille tan solo bebía su batido, y Claudia e Izan estaban a lo suyo.

«La próxima vez será, chicos.

Aquí hoy huele a victoria, no a Giorgio Armani. Olvidaos de vuestra vida de ensueño en el infierno dorado, porque ha llegado el callejero de Vallecas, y lo va a poner todo patas arriba»

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Escrito por

Nacido en el Madrid de 1998. Amante del cine, los libros y su ciudad. Nada como la buena música, la elegancia y vivir la vida siempre siendo uno mismo. Instagram: drigopaniagua. YouTube: Rodrigo Paniagua

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