Capítulo 6, Parte 7 -La élite va de negro

«Esta noche de otoño está siendo de lo más lúgubre.

Por lo que parece, la viuda del famoso Jorge Cadalso, uno de los grandes accionistas en Bolsa de la ciudad, ha querido conmemorar a su marido en una fiesta para la gente de mayor riqueza de Madrid, invitándoles a su enorme casa en la calle de Serrano y dándole un homenaje por el aniversario de su fallecimiento. Hoy, la Milla de Oro se vista de negro. Todos estamos contigo, Catalina»

Las revistas y periódicos de Madrid se habían estado cebando con la familia Núñez durante todo el día. Primero, mi aparición con Alexis en la Cuore, y ahora, resulta que mi tía había enviado esa noticia a todos los periódicos para hacerse saber de la presencia de su difunto marido.

Entré en mi casa esperando que no se fijasen en mí nada más abrir la puerta. Eso de llamar la atención no era lo mío. Y por suerte, no lo fue. Cada cual hablaba con quien quería, y nadie veía quién entraba y salía por la puerta, como si se tratase del servicio de cáterin o algo así.

Mi tía había hecho lo impensable decorando la casa. Todo era blanco y negro, salvo la vajilla para los invitados, que era plateada. Un montón de marcos con fotos de mi tío decoraban el salón e incluso los sofás estaban adornados con mantas de tela negra por encima. Un pianista tocaba música suave al fondo de la habitación, para darle un toque más aristocrático al evento.

—Ay, Diego, por fin –mi tía vino a darme dos besos. Iba acompañada por una pareja muy alta de más o menos cincuenta años—. Estos son Marcial y Teresa Suárez. Marcial trabajaba con tu tío Jorge en la Bolsa, se llevaban muy bien.

—Hola, ¿cómo estás? –me dijo el tal Marcial. Estuvimos hablando un buen rato y después se marcharon. Luego mi tía me presentó a su mejor amiga:

—Diego, esta es Fernanda Aguilera.

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—Adivino, ¿su marido conocía a mi tío? –mi tía se rio para que la otra no pensase que yo era un borde, pero sin embargo, esta me contestó:

—¿De cuál de mis maridos hablas? –no pude evitar reírme yo esta vez. Sí, parecía maja al fin y al cabo. Y también un poco pendón para ya ser tan mayor.

Tía Lina estuvo presentándome a más y más gente durante el resto de la noche para que me fuera haciendo más a la Milla de Oro, pero ya hubo un momento en el que tuve que irme a otra sala de la casa a descansar de tanta presentación. Y por suerte, me encontré con los dorados en la mesa del cáterin.

—Chicos, por fin.

Habían venido Guille, Daniela, Claudia y Felipe. Daniela debió de venir de acompañante de Guille, y Claudia porque su familia tenía muy buena fama en todo el barrio. Y en cuanto al último, aún no había dejado claro el tema de Alexis, pero en la ceremonia de mi tío tampoco lo iba a hablar.

—¿Qué tal lo llevas todo? –me dijo demasiado amable Claudia. Me sorprendí ante tanta dulzura y ella debió de notarlo—. Quería pedirte perdón por mi comportamiento, yo no suelo ser así de…

—¿Facilona? ¿Insolente? –Concluyó Guille—. Hablas demasiado, cállate. Diego –se giró hacia mí—, dale mi enhorabuena a tu tía de mi parte. Esta cena de gala está resultando de lo más elegante, me impresiona viniendo de alguien con un sobrino tan vulgar.

—Cada día te quiero más, en serio.

—Me voy a saludar a unos amigos que han venido con sus padres. Os veo después.

Me quedé hablando con los otros tres como si fuéramos amigos de toda la vida, cosa que me alivió porque necesitaba pensar en otra cosa. Después de aquella llamada, mi cerebro no funcionaba con regularidad, se paraba de vez en cuando y se quedaba en blanco sin escuchar a todo aquel que me hablaba. Aun así, que mi tía invitase a los padres de algunos Golden boys para poder afianzar su relación me vino bien incluso a mí.

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—¿Y ya te estás acostumbrando a la élite? –me preguntó Daniela pasadas unas cuantas horas de que comenzase la gala.

—Supongo que sí, pero de vez en cuando echo de menos mi antigua vida, con mi pandilla del barrio y mis fiestas sin Dom Pérignon.

Todos se rieron, pero ya sabéis lo que se dice: de la alegría al drama se puede pasar en menos de un segundo.

—Eres muy mono echándonos de menos.

Me giré para ver de quién provenía esa voz tan familiar, y observé cómo una chica gordita fatalmente vestida para la ocasión me miraba con recelo. Se trataba de Tamara, la mejor amiga de mi exnovia de Vallecas. Siempre me había caído mal, ¿qué hacía ahí?

—¿Tamara? –Miré a mis amigos, que observaban anonadados—. Disculpad un momento.

Me llevé a Tamara al lado de la puerta, estaba casi echándola de mi nueva casa.

—No sé qué coño haces aquí pero no pintas nada. Así que explícame por qué has venido y luego vete.

—Ay, Dieguito. He venido porque me encanta ver la cara de los cerditos cuando se acojonan por una piba.

—No sé a qué cojones te refieres.

—Se refiere a mí, Peluche.

Me volví a dar la vuelta. Y ahí estaba, de cuerpo entero, la persona a la que menos ganas tenía de ver.

«Oh, oh.

Alguien no pilló muy bien mi mensaje por teléfono. Sara y su amiga han vuelto a mi vida, como antes, y por la cara que traen, no vienen en son de paz. Diría que se masca la tragedia en la calle de Serrano, pero eso sería como comparar a mi exnovia Sara con la niña de El Exorcista. Y claramente no. Sara es muchísimo peor.

Con mucho afecto pero poca fama,

DON»

Escrito por

Nacido en el Madrid de 1998. Amante del cine, los libros y su ciudad. Nada como la buena música, la elegancia y vivir la vida siempre siendo uno mismo. Instagram: drigopaniagua. YouTube: Rodrigo Paniagua

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