V – Sobre la impresora

Recuerdo la primera película porno que vi. Una mujer de voluptuosos pechos intentaba imprimir unos documentos en la impresora de su oficina, pero no sabía cómo iba la máquina. De pronto, un hombre musculoso y ya algo erecto se presentaba y se ofrecía a ayudar con la condición de que… Bueno, de que le sacase punta al lápiz. Ella aceptó y, tras dejarlo bien puntiagudo, se lo metió por la vagina desde atrás y él se dedicó a empotrarla sobre la impresora hasta correrse. Lo siento, no hay símiles metafóricos para explicar mejor la escena. El caso es que desde aquello, siempre me pregunté sobre si el sexo en el trabajo realmente era una buena idea… o una muy, muy, muy mala que debía quedarse en fantasía.

Ya bien llegado el finde, me reuní con Martín y Vega, una buena compañera de la empresa de mi amigo, en la planta de arriba del Amargo Place To Be, disfrutando de un día nublado pero cálido en la ciudad. Al tercer cóctel, comenzaron las confesiones, empezando por Martín de la Fuente, quien acababa de conocer a una tal Laia vía Tinder.

—Estoy que no quepo en mí… —reveló entre suspiros.

—Ya se nos ha enamorado el niño —Vega reprimió una risotada. Martín la miró con desagrado.

—¿Qué enamorado ni enamorado? Que no paro de darle al tema con esta. Qué pesaditos con el amor, ¿eh? Que hay más cosas más allá de los corazoncitos y las risitas tontas. ¿Nadie habla nunca de los orgasmos? ¿De los gemidos? —Gesticuló con dramatismo—. ¿De los encuentros furtivos?

Aquello me hizo reflexionar. ¿Acaso el ser humano está tan centrado en encontrar el amor romántico, que por un momento olvida la pasión? Puedes estar enamorado de una persona con la que, al momento de la verdad, no logras encender esa llama que te incendia por dentro.

—Ahí llevas razón —contestó Vega. Pegué otro sorbo al cóctel y atendí a su respuesta—: Yo una vez salí con un tipo que solo hablaba de yates de lujo. Le fascinaban, y lo relacionaba todo con eso. La primera vez que me desnudé frente a él empezó a explicarme los tipos de cascos que puede tener un barco clásico…

Los tres nos reímos. Martín llamó al camarero, tocaba la cuarta ronda.

—Pero con tu novio de ahora bien, ¿no?

—Sí, la verdad es que se tomó muy bien lo de la relación abierta, y el único problema que me ha podido causar fue cuando quiso que lo hiciéramos sin condón.

—Bueno, yo con Laia nunca me he puesto la gomita, así que…

El local seguía manteniendo su barullo, pero en nuestra mesa apareció un silencio fantasmal. Martín nos miró y casi se atraganta con la aceituna que había cogido de la mesa.

—Tomamos otras precauciones.

—Por favor, no digas la march…

—Hacemos lo de la marcha atrás.

—¡Tíííííío! —Soltamos Vega y yo a la vez. Después, continué yo solo—. Eso está demostrado que no sirve de nada. Y tú eres un picaflor, tienes mucha más probabilidad de dejar preñada a alguien o de pillar una ETS.

—A ver, yo en cierto modo le entiendo —nada más decirlo, Martín miró a Vega con rostro de agradecimiento, pero ella prosiguió con su explicación—: Follar sin condón es mucho más satisfactorio, sí, y ponérselo debe de ser un coñazo. Pero el problema de todo esto es que desde pequeños, nos han explicado el sexo como algo súper básico y centrado en la penetración vaginal. ¿Que hay de las mamadas? ¿El sexo anal, las orgías, las masturbaciones? —La mesa de al lado se giró por un momento, pero a Vega no le resultaba incómodo que la observaran. Le gustaba hacerse ver—. Todo eso también es sexo, y nadie nos lo contó nunca. La educación debe evolucionar de una puta vez.

—Completamente de acuerdo, Veguita —dilucidó el putillo de Martín. El camarero llegó con la cuarta ronda—. ¡Gracias! Bueno, hablando de mamadas, Enzo —cómo no—, ¿cuándo tenías esa cita con la artista parisina?

—¿Pero qué tendrá que ver Dafne con las mamadas?

—Eh, ¿hola? ¿No sabes lo que es hacer un francés?

—Eres de lo que no hay, macho —Vega agarró su Martini seco y lo juntó a sus labios mientras formulaba la pregunta—: ¿Cómo os conocisteis?

—Expone en la galería donde trabajo. Le pedí salir y hemos quedado este mismo finde.

—¿Y estás seguro de que quieres salir con ella?

Aquella era una muy buena pregunta. Mi trabajo no era como el de los demás. Martín o Vega, por ejemplo, trabajaban en una oficina muy cerrada y veían las mismas caras a diario. Acostarse con alguno de sus compañeros —algo que seguramente ya habrían hecho— supondría tener que pasar por una situación incómoda en algún momento del día como mínimo. Pero ese sería el caso de una persona en busca solamente de sexo y que trabaja a diario con la misma gente. A mí, lo que Dafne me aportaba, eran unas ganas de saber más del mundo que nadie me había conseguido dar antes. Además, mi trabajo consistía en conocer caras nuevas semanalmente e intentar recordar sus nombres. Y todo eso se lo expliqué a Vega.

—Pues espero que te salga bien, lo digo en serio —pegó otro sorbo al cóctel—. Porque salir con alguien del trabajo, por mucha galería de arte que sea, puede acabar siendo un deporte de riesgo…

Sé que aquello me lo dijo con buena intención, pero no me dejó indiferente. ¿Qué pasaba si no salía bien? ¿Qué pasaba si tenía las expectativas muy altas y luego Dafne no era la persona especial que me imaginaba? No éramos dos compañeros de oficina haciéndolo sobre la impresora de la empresa, pero éramos un par de artistas con ganas de analizar los brochazos del otro. Dafne era un montón de colores juntos que formaban una pieza de arte, pero detrás de todo eso solo había un lienzo. Y ahora me tocaba a mí averiguar si era uno de los buenos o no.

Escrito por

Nacido en el Madrid de 1998. Amante del cine, los libros y su ciudad. Nada como la buena música, la elegancia y vivir la vida siempre siendo uno mismo. Instagram: drigopaniagua. YouTube: Rodrigo Paniagua

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