VI – El templo de Cibeles

Cuando hablamos de Cibeles en Madrid, gran parte de los ciudadanos la conectan con victorias futbolísticas o un buen punto de encuentro. Pero hay una gran historia más allá de la estatua que decora el centro de la ciudad. Una historia de amor y mala suerte.

Quedar con Dafne Fablet a tomar un piscolabis fue una de las experiencias más surrealistas que he tenido en mi vida. Ella era educada, formal y muy culta, pero tenía esa esencia tan poco común de la gente así… como si le diese igual todo. Como si aceptase las formalidades sociales pero se deshiciese de lo estrictamente necesario para poder dar a conocer su verdadero yo. Sentir cómo era Dafne Fablet era una experiencia sensorial.

Optamos por quedar en la azotea El Viajero. Las vistas al centro eran magníficas, y no había probado un tinto de Vegano tan bueno en mi vida. Aparte, la compañía era inmejorable.

—Nunca había venido a este sitio —comen té en voz baja.

—Yo tampoco. Cuando conozco a alguien nuevo me gusta ir a algún sitio que no me recuerde aún a nada. Es una manía estúpida pero…

—Muy filosófica. Marcas su sello como si fuese un tour por la ciudad.

—Exacto. Pero también hay que andar con cuidado, no vayas a repetir sitio y la fastidies.

Me reí cortésmente mientras nos traían unas patatas para picar.

—Tampoco creo que pase nada por que repitas sitio sin querer.

—Una vez quedé con mi amigo Gilberto en un pequeño bar de tapas cerca de la Plaza Mayor…

—¿Y tienes amigos con nombres normales?

—¡Calla! —Sugirió entre risotadas—. El caso es que cuando quise darme cuenta, estábamos tomando un pincho de tortilla junto a una tortillera con la que eché un pinchito.

La mesa comenzó a temblar de lo mucho que nos reímos. Aquella mentalidad, aquella liberación sexual que emanaba era tan seductora como magnética.

—Al fin y al cabo, es como el mito de la Cibeles… —dejé la mirada en blanco, intentando recordarla—. ¿Sabes cuál es?

—Recuerdo que me la contaron, pero no…

—Una de las historias de amor más desgraciadas de la mitología. El padre de la joven Atalanta quería desposarla, con que ella propuso organizar unas carreras, y de ese modo se casaría con el primer varón que consiguiera ganarla. Y ese fue Hipómenes, quien, con la ayuda de la diosa Afrodita y un pequeño truco de distracción, logró vencerla y casarse con ella. La relación se fue consumando con el paso del tiempo, y acabaron tan enamorados que necesitaban mostrarlo por cada segundo que pasaba. De ese modo acabaron haciendo el amor en una pequeña gruta a la que no dieron importancia. Pero resultaba tratarse del templo de la diosa de la Madre Tierra, Cibeles, a quien no le sentó nada bien que profanaron su terreno sagrado.

—Y fue así como les convirtió en dos leones que tirarían de su carro durante la eternidad. Castigados por los dioses para el resto de los días, pero siempre juntos, uno al lado del otro.

Un cosquilleo recorrió mi pecho mientras finalizaba la historieta de mi cita. Suspiré profundamente y ella me sonrió, contenta con que hubiese entendido la historia. Se trataba del amor ciego, del amor que no es consciente de lo que hace. Entraron en una casa que no les pertenecía porque se vieron hipnotizados por la necesidad de amarse allí también. El mito de la Cibeles hablaba del amor tirano, aquel que tú no controlas, sino que te controla él a ti.

—¿Qué opinas de esa historia? —Me atreví a preguntarle.

—Creo que Cibeles sentía envidia por ellos. Ella quería ser Atalanta, disfrutar de aquel éxtasis y gozar con Hipómenes toda la noche. Si les hubiese pillado en el parking del Plenilunio, hubiese buscado otra excusa para castigarles. El amor no solo afecta a la pareja en sí, afecta a todos los que les rodean.

—Tengo una pregunta… —carraspeé—. Cuando me dijiste que “una estatua en equilibrio puede ser como fumar después del sexo”, ¿qué querías decir exactamente?

—Quería decir que no sabes por qué, pero algo en ello te hace sentir a gusto.

Ella me hacía sentir a gusto. Ella era mi cigarrillo post-coito. La tarde era fría, pero Dafne era puro fuego. Comenzó a anochecer, y me ofrecí a acompañarle a su casa.

Escrito por

Nacido en el Madrid de 1998. Amante del cine, los libros y su ciudad. Nada como la buena música, la elegancia y vivir la vida siempre siendo uno mismo. Instagram: drigopaniagua. YouTube: Rodrigo Paniagua

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