VIII – Post-coitus

Desde pequeños nos han tratado siempre de enseñar buenos modales. Cómo hay que comportarse en la mesa, cuándo hay que dar dos besos o la mano, a ceder el asiento a la gente mayor… Pero se les olvidó un tema muy importante: ¿cuál es el protocolo después del sexo? Por lo general, hablamos de temas insustanciales mientras nos vestimos y luego nos damos un beso incómodo de despedida, pero… ¿acaso no hay un modo más adecuado de hacerlo para que no termine siendo un recuerdo violento?

A la mañana siguiente de nuestra sesión nocturna, Dafne y yo nos quedamos boca arriba tumbados sobre la cama. Ninguno hablaba. Que yo supiera, no había ido nada mal la noche, pero de algún modo u otro, no sabíamos cómo reaccionar. O al menos yo.

—Quieres desayunar —Dijo ella.

—He quedado para un brunch —respondí, imbécil de mí, mientras me vestía de nuevo—. ¿Te llamo esta tarde?

Dafne me respondió con una sonrisa y desapareció por el pasillo. Tras contarle la escena a Martín, lo primero que recibí fue una colleja.

—Si llego a saber que harías eso, no hubiese quedado en Serrano.

—El post-coitus es clave, Enzo. Si fuese algo informal, no haría falta ni que os miraseis a la cara después, pero si quieres una relación con esa chica, tendrías que haber estado al menos la mitad de mimoso que en los preliminares.

Martín y sus matemáticas sexuales.

—Ella también estaba rara, ¿vale? ¿Por qué siempre te pintan que es el tío el cabrón que se marcha tras el sexo, cuando esta mañana parecía que quisiera que me fuese?

—Pero si te ofreció desayuno.

—Puro formalismo. El tono es lo que cuenta. Y ella no dijo “¿Quieres desayunar?”, sino “Quieres desayunar”. Me informó, lo dio por supuesto…

Me olisqueé el cuello de la camisa, como si fuese el oxígeno que quedaba en la Tierra.

—Dios, encima oleré a su perfume el resto del día. ¿Debería llamarla?

—Deberías, sí. Espérate a después de la comida para que respire la situación, y luego habláis. Y de paso, llama a la Reina de Corazones Rotos, que ayer también mojó.

—¿Cómo?

 

Por lo que parece ser, no fui el único que triunfó aquella noche. Blanca se despertó media hora después bajo las sábanas de seda de uno de los becarios de la revista de Martín, a quien conoció de casualidad en la fiesta de los premios. Uno ochenta, pelo rubio revuelto, sonrisa de brackets, futuro opositor al departamento de marketing. Se llevó la mano a la boca y trató de vestirse al más clásico estilo Misión: Imposible.

—Madre mía, lo que hace una ruptura —Vega estalló en risotadas mientras comían en el Oven de Gran Vía.

—No me sabía ni su nombre —Blanca devoraba el primer plato—. Es la primera vez que me ocurre esto. Me puse a buscar su DNI en un acto de desesperación.

—Cariño, no pasa nada por echar un kiki con desconocidos de vez en cuando.

—Pero es que esta no soy yo, Vega. Yo no hago estas cosas.

—Pues para no hacerlas, las has hecho —Blanca bajó la mirada y Vega se aproximó a ella—. Nos hacen creer desde pequeñas que disfrutar de nuestra sexualidad es de zorras, y no se dan cuenta de que es lo más divertido del mundo. ¿Tú te lo pasaste bien?

—Sí… —murmuró—. Lo que el champán no me ha borrado de la mente estuvo bien. Fue dulce y amable. ¿Debería llamarle?

—No. Ni siquiera tienes su número, es la mejor señal para indicarte que ahora toca el siguiente. Has salido de una relación tóxica, es el momento de disfrutar sin un contrato no escrito de por medio.

—No sé… Una vez pueda, pero no me veo capaz de volver a repetir esta experiencia.

—Es cuestión de práctica, querida.

 

Dafne me cogió el teléfono al segundo pitido. Hablamos. Nos comunicamos. Todo volvió a la normalidad. Mejor que eso. Regresé a su casa esa misma tarde. Y puede que nadie nos enseñara cómo actuar después de un buen polvo pero, por suerte, no tardé mucho en aprenderlo por mi cuenta. 

Escrito por

Nacido en el Madrid de 1998. Amante del cine, los libros y su ciudad. Nada como la buena música, la elegancia y vivir la vida siempre siendo uno mismo. Instagram: drigopaniagua. YouTube: Rodrigo Paniagua

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